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la gloria es para dios

La gloria es para Dios.
Publicado en Liderazgo el 28 Abril 2009 - Tiempo de lectura 11'42 minutos


Al margen de lo útil que podamos ser en la obra, o de cuánto Dios bendiga nuestros ministerios…el reconocimiento es del Señor, no nuestro; la gloria es suya, no para nosotros; y la alabanza que le corresponde a Dios sólo le corresponde a Él. No importa lo mucho que nos puedan respetar o lo prósperos que seamos, ni cuánta influencia tengamos…

Dios declara: “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas” (Is. 42:8).

Al margen de lo útil que usted pueda ser, o de cuánto Dios lo bendiga, o del renombre que usted tenga en su ministerio, el nombre es del Señor, no de usted; la gloria es para Él, no para usted; y la alabanza que le corresponde a Dios sólo le corresponde a Él y no a nosotros. No importa lo mucho que nos puedan respetar, lo prósperos que seamos, ni cuánta influencia tengamos, Él es el Señor, ése es su nombre, y no dará su gloria a ninguna otra persona en la tierra. Esto nos lleva a la pregunta crucial de este artículo: ¿Para quién es la gloria?

La antigua palabra hebrea para hablar de gloria es kabed, que significa ser loable, ponderable, notable, grandioso. Podríamos decir que las obras de Haendel o Bach son gloriosas porque son grandiosas, ponderables. El nombre de Dios es un nombre glorioso porque es digno de ser loado, es grandioso. “Él es el Rey de la gloria” (Sal. 24.10). No hay otro rey tan grandioso, de tanto peso, tan digno de honor.

En el lugar santísimo del tabernáculo estaba el arca, un mueble pequeño y rectangular que contenía los objetos más sagrados de la historia de los judíos. Sobre esta arca había dos ángeles querubines con alas que se extendían sobre el arca, y miraban hacia el propiciatorio. Nadie entraba y salía del lugar así como así. Una vez por año el sacerdote entraba a este lugar santísimo, llevaba un recipiente con sangre, lo derramaba sobre el altar y luego salía. La Escritura dice que allí estaba la gloria de Dios, Shekinah, cuyo símbolo era una luz, como un rayo láser que resplandecía desde el cielo. Dicha luz se posaba en este lugar del tabernáculo. Era el lugar más santo de la tierra.

Cuando el pueblo de Dios cayó en idolatría y el templo dejó de ser un lugar de honra y gloria a Dios, la gloria literalmente dejó ese lugar. Ezequiel 10 describe la forma en que se aleja del tabernáculo porque el hombre, y no Dios, era quien estaba recibiendo la gloria.

En Isaías 42.8, “Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré la gloria”, el énfasis está en la gloria de Dios. Cuando esa gloria la recibe una persona, hay terribles consecuencias. Cuanto más prominente sea el líder, mayores las consecuencias.

Siempre está la tentación de enorgullecerse por los grandes logros. Alguien dijo: “El ser humano es la criatura más extraña de la tierra: Cuando uno lo palmea en la espalda, se le hincha el pecho”. Cuando una persona recibe cada vez más atención, más alabanza, más fotografías, más notas en los periódicos, más gloria, terminará por volverse engreída, a menos que sepa cómo actuar con esa notoriedad.

Vivimos en una época donde abundan las personas famosas, aun en círculos cristianos. Es fácil sentirse tan atraído por estas personas que las exaltamos y ponemos en un pedestal tan alto que sólo la gracia de Dios puede sustentarlas en el rol que deben cumplir. Hace poco vi a Billy Graham en la portada de una de las mejores revistas del mundo. Me emocioné. Estaba mirando el rostro de uno de esos profetas que ha seguido siendo un profeta íntegro, honorable, que ha hablado públicamente a más personas que cualquier otro en la historia de la iglesia, y sin embargo, en lo personal ha seguido dando la gloria a Dios.

Recordemos la pregunta inicial: ¿Para quién es la gloria? Nabucodonosor cayó en un estado de locura luego que declaró arrogantemente haber construido la gran Babilonia. El orgullo del rey Saúl fue la causa de su caída (1 S. 15). El orgullo de Lucifer lo hizo caer del cielo cuando declaró: “Seré semejante al Altísimo” (Is. 14.14). Tengamos presente que “el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Mt. 23.12).

Veamos ahora a un rey admirado por todos, pero que terminó no dando la gloria a Dios. “Entonces todo el pueblo de Judá tomó a Uzías, el cual tenía dieciséis años de edad, y lo pusieron por rey en lugar de Amasías su padre” (2 Cr. 26.2). El muchacho permaneció en el poder 52 años. A pesar de su juventud “hizo lo recto ante los ojos de Jehová” (26.4). Hacer lo recto ante Dios incluye tanto acciones como motivaciones. El Señor no mira lo externo sino el corazón (1 S. 16.7). Cuando las Escrituras afirman que alguien hizo lo recto ante los ojos de Dios, no hay que tomarlo livianamente. La mirada de Dios penetra y llega al corazón, a la mente, al lugar de las decisiones y las intenciones. Y a los ojos de Dios, Uzías hizo las cosas bien.

Sus logros son tan sorprendentes como numerosos. El secreto de su éxito es que “persistió en buscar a Dios en los días de Zacarías… y en estos días en que buscó a Jehová, Él le prosperó” (2 Cr. 26.5).

Uzías fue un gran guerrero. Hizo guerra contra los filisteos y derribó las murallas de Gat, Jabnia y Asdod, ciudades fortificadas (6). Construyó ciudades en el área de Asdod y entre los filisteos. Dios lo ayudó contra ellos, los árabes y los amonitas (7). Estos últimos hasta le pagaron tributo (8). Construyó torres en Jerusalén (9) y organizó la defensa de Sion a fin de no ser invadidos por hordas paganas. Construyó torres en el desierto (10) y abrió muchas cisternas. También trabajó la tierra pues “era amigo de la agricultura” (10).

Uzías estaba listo para la guerra (11). Tenía un ejército de primera con 307.000 hombres capaces de batallar con gran poder (11-13). En su reino se hicieron ingeniosos inventos (15). Además, “se divulgó su fama hasta la frontera de Egipto” (8), “y su fama se extendió lejos” (15).

No olvidemos la pregunta fundamental: ¿Para quién es la gloria? ¿Cómo pudo lograrse tanto bajo la dirección de este joven rey? “Dios le prosperó” (5); “Dios le dio ayuda…” (7); “su fama se extendió lejos, porque fue ayudado maravillosamente, hasta hacerse poderoso” (15). Este fue el secreto de su vida. Uzías se convirtió en la estrella fija con la cual el pueblo podía orientarse y navegar su vida. Sin embargo, al mismo tiempo Uzías era sólo un hombre.

Cabe aquí citar algunos pensamientos de un libro de Oswald Sanders, Liderazgo espiritual:

“El mismo hecho de que uno haya ascendido a una posición de liderazgo con toda la prominencia que implica, suele engendrar autocongratulación y orgullo, que si no se controlan, lo harán inepto para seguir progresando en el servicio del reino. Para Dios no hay nada más desagradable que la arrogancia. Este pecado primero y fundamental tiene como propósito entronizar al yo a expensas de Dios”.

Sanders luego dice:

“El egoísmo es una de las manifestaciones repulsivas del orgullo. Es la práctica de pensar y hablar mucho sobre uno mismo. Es la costumbre de magnificar nuestros logros o importancia. Hace que consideremos todo en relación a nosotros mismos y no en relación a Dios y al bienestar de su pueblo”.

El autor también afirma:

“Una buena prueba para medir el egoísmo es notar cómo reaccionamos ante las alabanzas para otros en una posición similar a la nuestra. Hasta que podamos escuchar los elogios hacia un rival sin querer cambiar de tema ni desear menospreciar su trabajo, podemos estar seguros de que en nuestra naturaleza hay un sinnúmero de impulsos egoístas no controlados que aún deben someterse a la gracia de Dios”.

Una cita más de Sanders:

“¿Qué líder o predicador no desea ser popular con su público? Por cierto que no hay virtud en la falta de popularidad. Sin embargo, la popularidad tal vez se compre a un precio demasiado alto. Jesús lo dijo claramente cuando advirtió: ‘Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!’ (Lc. 6.26)”.

Por su parte, Spurgeon escribió:

“El éxito expone a un hombre a la presión de la gente y por lo tanto lo tienta a aferrarse a lo obtenido mediante métodos y prácticas carnales, y lo tienta a dejarse controlar por las demandas dictatoriales de una expansión incesante. El éxito se me puede ir a la cabeza, y se me irá a menos que yo recuerde que los logros pertenecen a Dios, que Él puede continuar sin mi ayuda, y que Él podrá valerse de otros medios cuando decida prescindir de mí.

La popularidad del predicador George Whitefield era inmensa. Sin embargo, una vez dijo: “He visto tanta popularidad que estoy cansado de ella”. Desafortunadamente, Uzías no se cansó sino que se enamoró de su popularidad. Cuando todo el mundo lo admiraba, alababa y respetaba, y él era el centro de atención, algo sucedió: su corazón se llenó de orgullo y actuó corruptamente (16). Apareció un hombre que nadie respetaba.

No sucedió en forma repentina sino gradual. No estamos frente a un momento exacto en que Uzías decidió arruinar su vida. Con pensamientos pequeños y sutiles, con acciones, poco a poco, día a día, y semana a semana, Uzías se volvió menos responsable, se interesó cada vez menos en los necesitados, se volvió menos y menos honesto, menos y menos humilde, pero más y más interesado en la gloria de la cual Dios dice que no dará a ningún otro (Is. 42.8). La verdadera grandeza de Uzías se acabó. La Escritura es clara: “Mas cuando ya era fuerte, su corazón se enalteció para su ruina; porque se rebeló contra Jehová su Dios” (2 Cr. 26.16). No se nos dice en qué consistió esta rebelión interior. Probablemente su esposa nos podría decir. (Las esposas son las que primero parecen percibir esto en sus maridos). Tal vez ella se haya dado cuenta de que él estaba ciego a sus propias debilidades y menos dispuesto a admitirlas, más reacio a reconocer su parte en las equivocaciones. Tal vez él había olvidado mencionar el nombre de Dios como debía haberlo hecho. Quizás en alguna ocasión hasta haya tenido en menos a Dios, o haya disfrutado de ciertos momentos de gloria en forma deliberada.

Notemos lo que ocurrió: “… (entró) en el templo de Jehová para quemar incienso en el altar del incienso” (16). El templo era un lugar sagrado, y quemar incienso era deber del sacerdote. El rey era un político, no un sacerdote, y no le correspondía estar en el templo como tal. Pero cuando nos enorgullecemos, nos olvidamos de los límites y nos aprovechamos de las situaciones y las personas.

Tanto el sumo sacerdote como también 80 sacerdotes del Señor, hombres valientes, siguieron al rey hasta el lugar santo. Ellos se opusieron a Uzías y le dijeron: “No te corresponde a ti, oh Uzías, el quemar incienso a Jehová, sino a los sacerdotes hijos de Aarón, que son consagrados para quemarlo. Sal del santuario”. ¿Se imagina la valentía que necesitaron para reprender al rey? Por eso se los llama “hombres valientes”. Tal vez por eso había 80. Masivamente le dijeron al rey que debía irse “… porque has prevaricado, y no te será para gloria (nuevamente aparece la palabra) delante de Jehová Dios”. Uzías había tomado para sí la gloria que le corresponde a Dios.

Veamos su respuesta: “Entonces Uzías, teniendo en la mano un incensario para ofrecer el incienso, se llenó de ira” (19). Creo entender que en su enojo, les blandió el incensario. Mientras aún estaba enfurecido con los sacerdotes, le brotó lepra. “Y le miró el sumo sacerdote Azarías, y todos los sacerdotes, y he aquí la lepra estaba en su frente; y le hicieron salir apresuradamente de aquel lugar; y él también se dio prisa a salir, porque Jehová le había herido” (20).

El rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte. Vivió en una casa separada, aislado de la casa del Señor. “Y durmió Uzías con sus padres, y lo sepultaron con sus padres en el campo de los sepulcros reales; porque dijeron (y me pregunto si éste fue el epitafio) leproso es” (22). ¿Recuerda las palabras de Dios en Isaías, “a otro no daré mi gloria”? Este gran hombre en el nombre de Dios, ignoró el carácter de Dios, usurpó la gloria que le correspondía sólo a Dios.

Quisiera entonces hacer cinco advertencias a quienes estamos tomando parte en el servicio al Señor. Cada advertencia comienza con la palabra CUIDADO. ¿Cuándo debe uno tener cuidado?

CUIDADO cuando las batallas más grandes se libran más adentro que afuera. Cuando las luchas de una persona se llevan a cabo en su interior, la persona se mirará a sí misma, mirará sus luchas, sus necesidades, sus batallas. Uzías una vez había luchado contra los filisteos, los árabes, los madianitas, pero luego se volvió inseguro, obstinado, imprudente, independiente, impulsivo, preocupado por mantener su imagen.

CUIDADO cuando un líder está interesado en edificar su propio reino en vez del reino de Dios. Abundan los ejemplos. Uno empieza a edificar su propio reino de maneras sutiles que a menudo aparecen enmascaradas en clichés espirituales. De forma lenta pero segura el crédito empieza a dejar de ser del Señor para empezar a ser del líder. CUIDADO cuando la edificación se hace para gloria del líder, o para guardar su imagen.

CUIDADO cuando la ayuda del Señor ya no se considera esencial. Uzías es un modelo perfecto del antes y después. El Señor lo ayudó y prosperó, pero cuando se hizo fuerte y su corazón se llenó de orgullo, ya no volvemos a leer que el Señor lo ayudaba ni que la presencia de Dios era indispensable. Para nosotros hay señales de que la presencia del Señor ya no se considera fundamental: cuando la oración se torna mecánica y formal en vez de espontánea y sentida; cuando el profesionalismo reemplaza la autenticidad; cuando casi todo es actuación; cuando el ministerio se torna refinado y pulido por demás. La mayoría de los que han escrito sobre la caída del ministerio PTL, hablan de aquellos días como de la era en que “el espectáculo debe continuar”. El profesionalismo había ocupado el lugar de la simple confianza en la diaria provisión de Dios. A todos los que están en el liderazgo: CUIDADO cuando la ayuda del Señor ya no se considera imprescindible.

CUIDADO cuando en vez de respetar la reprensión y las advertencias, las resistimos. En 2 Crónicas 26.18-20 vemos una escena horrorosa. Hay de todo, y por poco una pelea en el lugar sagrado. El líder sabio es quien se rodea de hermanos piadosos y acepta su reprensión y corrección.

CUIDADO con las consecuencias del pecado que ya no producen temor. Hay una antigua tumba en Judá, cerca de Jerusalén. Si pudiera ser desenterrada leeríamos: “Era leproso”. Es un recordatorio constante de que Dios no compartirá con ninguno la gloria que le pertenece.

Uno no puede escribir un artículo como éste sin examinar su propio corazón. Es tiempo ahora de que yo le dé a usted la oportunidad que he tenido en los últimos días: examinar el corazón. Por la gracia de Dios, la mayoría de los lectores de AP son cristianos a quienes Dios ha dado maravillosos dones. Muchos estarán comenzando, o teniendo cada vez más éxito. CUIDADO: no se apropie de la gloria de Dios. Vuelva a establecer prioridades que aseguren que Dios recibe la gloria. Tal vez usted se ha vuelto un poco susceptible, irritable, indócil o ha perdido la sensibilidad. Tal vez se ha vuelto obstinado y no está dispuesto a escuchar reprensiones. Tal vez hace mucho desde la última vez que usted reconoció: “Estoy equivocado; debo corregir esto. Lo siento mucho”.

Hace poco un hombre me dijo: “Hoy me doy cuenta de que el problema en nuestro hogar es el padre, es decir, yo”. Me contó cómo él había recibido entrenamiento en el mundo militar, y había criado a sus hijos para ser parte de un regimiento militar. Declaró: “Me doy cuenta ahora de cuán equivocado estaba”. He allí un hombre enseñable a quien el Señor está llamando hacia la vida abundante.

Que con temor del Señor, humildad y cuidado usted camine con Dios ahora y siempre.

Por Charles R. Swindoll
 
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